Desde niña, la creatividad fue para Alba Vázquez su refugio y su manera de comprender el mundo. Lo que comenzó como largas horas de pintura en soledad se convirtió con el tiempo en una búsqueda profunda por dar forma a las emociones a través de objetos, conceptos y experiencias. Alba creció en León, la capital del calzado en México, donde aprendió del oficio, la ingeniería detrás de cada pieza y el valor del trabajo artesanal; conocimientos que la impulsaron a desafiar una industria dominada por hombres y a abrirse paso con propuestas propias y arriesgadas.

Ganó concursos, creó marcas, colaboró con artesanos y diseñadores industriales, y más tarde encontró en la joyería un lenguaje personal para conectar con mujeres que buscan comunicar nuevas versiones de sí mismas. Hoy Alba encabeza un despacho creativo desde el que diseña experiencias 360 que trascienden el producto y buscan generar vínculos memorables entre las marcas y las personas. Su trayectoria es prueba de que la perseverancia, la observación y el coraje para reinventarse pueden convertir cada tropiezo en una oportunidad de crecimiento y cada idea en un nuevo universo creativo.

Tu relación con el arte empezó desde siendo muy niña. ¿Qué recuerdos tempranos marcaron esa necesidad de crear y
experimentar en el arte?

Mi primer acercamiento fue la pintura. Siempre fui muy solitaria, entonces la pintura era mi mundo, pintar, era como la percepción de mi propia naturaleza a través de mis ojos en mi mundo. Creo que eso fue de niña una herramienta para mí el poder pintar desde mi visión.
Y creo que pues desde ahí fue lo que hoy en día impacta para lo que hago

¿Cómo descubriste que este podría ser tu profesión y dedicarte a ello?
Yo toda la vida dije que quería ser bióloga marina, nada que ver con el arte, pero ya cuando iba a entrar a la universidad y tenía que elegir mi carrera vi diseño de modas y me llamó la atención. Y ya estando ahí lo que me gustó no era diseñar la prenda, Llevé una materia con que mi profesor Erick Pérez que me marcó mucho, que era crear un concepto más allá de un producto, desde la tendencia, el estilo de vida, irte más
allá, y eso es lo que empecé a hacer.

¿Cómo fue ese proceso y qué encontraste en él que te llamó la atención?

Me encanta estar analizando, observando, y luego lo que observo, crear un concepto, toda una experiencia, desde la selección de materiales, el confort que te puede brindar un producto, cómo le suma a tu día a día, pero no solo en practicidad, sino en emociones. Cómo un producto te puede cambiar tu forma de sentir y de comunicar al mundo. Entonces, pues desde ahí, esa creación se empieza a manifestar como desde los 17.

¿Cómo influyó León, que es la capital del calzado en México, el crecer ahí en tu percepción del diseño y tu camino profesional?

Uy, muchísimo. Yo amo el calzado porque no solo es diseñar zapatos. Me enseñó a crear conceptos, a costear, a aprender mucho de ingeniería. Esto de la ingeniería, a ver los procesos, a tener orden, que no solo es esta parte romantizada, pues al final tiene que haber una venta. Mi trayectoria profesional inició en el calzado con mis marcas, y haciendo luego colaboraciones con diseñadores, pasarelas.

Me volví ahí muy observadora de la industria, que cambió mi forma de ver el negocio de la moda. O sea, sí ver el arte, pero también que sea un negocio, y darle estructura, y sobre todo, valorar los procesos, costear un producto, y que sea funcional.

En 2008 ganaste un concurso por tu propuesta artesanal, ¿qué aprendiste de ese momento que sigue guiando tu proceso hoy?

Uno, pues fue arriesgarme, era diseño del tacón único, me metí a carpintería para poder tallar los tacones. El señor que me compartió su
conocimiento, me permitió valorar y retomar el trabajo artesanal, el valor de la importancia de un oficio, amar la piel, todos los procesos, el corte, el doblillado, martillar la piel.

No cambio la moda porque me dio un ojo que no me hubiera dado lo otro, y un feeling distinto hasta de materiales, pero me las ingenié para mezclar, entonces hacer ese calzado para mí era estar de alguna forma creando un sueño, porque yo me metía con diseño industrial, estar haciendo mi tacón, y me apoyaban, y eso aprendí de la colaboración, que no era una competencia, era sumar, entre el conocimiento del carpintero que nos guiaba, más el diseñador industrial.  Por eso ese premio no era solo mío, es de todos, desde el carpintero hasta el diseñador industrial y para mí era como presumir el talento de mucha gente que se sumó a un concurso que yo era la cara, pero que
éramos todos.

¿Qué significó para ti, o el mayor reto, y cómo lo superaste en abrirte paso en una industria dominadas por hombres?

Fue interesante porque empiezo en el calzado, gracias a que gano este concurso y la industria del calzado se me abre muy fácil y me empiezan a buscar para diseñar. Yo tenía 18, en una industria manejada por hombres, hombres grandes. Desde ahí  fue como entrar en un personaje y decir, a ver, me encantan los trajes, yo voy a ir a negociar con mis trajes.
Me enfrenté a un machismo, porque te hacen sentir que no sabías, pero sí sabía y era defender mi idea, y después empecé a conectar también con la otra parte, que era muy cool, que sí te apoyaba, que le daba gusto ver a gente joven más que era una mujer, pero yo siempre llevaba como este personaje masculinizada para poder encajar.

Me iba en trajes y fue eso como crear alianzas, agarrar el expertise también de gente mayor y saberles vender mi idea, tenía esta marca, ir a negociar con las comercializadoras y hacer que te compren, yo era de las pocas marcas en ese entonces que no estaba copiando diseños italianos, que así lamentablemente aún sigue.

Yo fui de las primeras marcas que empezaban a tener propuesta mexicana y la recibió muy bien el mercado, en especial los mayoristas a quienes sí se les vendía; me sentí apapachada, pero sí me tuve que ganar ese nombre. De alguna forma siento que contribuí y abrí paso tan
sólo a estudiantes graduados. Sí se puede, no va a ser fácil, pero sí se puede.

Y luego, ¿cómo das el salto a la joyería?

En el 2018, yo sigo siendo zapatera y sigo con la marca de calzado. Ese año fui a una fiesta vaquera y me regalaron un corbatín, que me encantó. Entonces yo ya lo traía en todas mis juntas. Después me puse a investigar y empecé a diseñar mi propia marca. Inicialmente iba a ser una marca de corbatines, quise iniciar con una abeja, porque siento que las abejas es sinónimo de trabajo. Empezamos con la
abeja haciendo las muestras con mi proveeduría del calzado. Cuando me entregan las abejas, las empecé a sobreponer en mi ropa, y dije, un momento, esto puede ser más que un corbatín, y redirección la ruta hasta convertirlo en un prendedor que se pueda poner en el corbatín, pero también para adornar un blazer o en el cabello, y así empezó.

¿Cómo fue el proceso desde ese inició hasta la comercialización de tu emprendimiento de los prendedores?

Trabajé en este proceso como un año, luego hice mis manuales del ADN, tono de voz, el storytelling, mi branding, mis empaques, ahora mi primera producción, luego hice mis campañas, y al final salí a la venta. Todo ese proceso me tardó tres años en hacerlo. Yo me quise asegurar de todo lo que ya había aprendido en mis marcas pasadas. Iba a ser un reto, entonces lo resolví desde antes, y ya lo lancé, entonces en mi
campaña empiezo a fijar los prendedores con perlas, con cadenas, y ya dije, mi idea es que la gente con sus propias perlas y cadenas, ya nada más me esté comprando el corbatín, o el puro prendedor, y empiece a experimentar con las joyerías que ya tienen.

Has transitado entre moda, calzado, joyería, ¿cómo conectas todas estas disciplinas dentro de tu universo creativo?

El sentir de las personas, lo que puedes hacer sentir en los compradores con un producto, porque la joyería, por ejemplo, mi principal comprador son mujeres de 38 a 60 años, que los compran porque están en una nueva etapa de vida que quieren comunicar y encuentran en mi marca un complemento que les ayuda a verse diferentes, a sentirse únicos y ellos brillar.

Encabezando un despacho creativo, ¿qué implica diseñar experiencias 360 y qué te entusiasma más de este proceso?

Lo que más me entusiasma es que justo puedes crear lo que sea y volverlo un producto, y que a través de toda una experiencia la persona lo sienta, y ahí entra el objetivo de la marca. A través del despacho hemos podido salpicar o contagiar o inspirar a nuestros clientes a que inviertan en esa parte, porque los negocios que están innovando son los que están quedando en la mente del consumidor.

Es cómo vas a ser que te elijan a ti y yo siempre digo, piensa que una marca es una persona, ¿cómo vuelves a esa persona inolvidable? Y es con la convivencia, con esos detallitos que tienen que ver más allá del producto y lo que va a resolver. Siento que cuando uno trasciende, te recuerdan por lo que le hacía sentir a la persona, más que porque cumplías una función de algo. Eso lo llevamos a una experiencia y a una marca y un producto, y a mí eso se me ha hecho un sueño. Es llevar al consumidor más allá de lo que pudo haber imaginado y cómo cambia la percepción ahora de la marca.

¿Qué te gustaría que las nuevas generaciones de diseñadores aprendan de tu historia?

Una es la perseverancia, la paciencia, que muchas veces te vas a equivocar, pero ninguna equivocación es un desacierto, al contrario, te vas acercando cada vez más a proyectar algo. A veces ni sabes, yo nunca me imaginé que iba a tener una marca de joyería y siempre digo, si pensara 6 años atrás, lo que vivo hoy en día ni siquiera me lo hubiera imaginado y lo que me llevó a vivir la realidad que he creado para mí fue la perseverancia, fue caerte, levantarte, sobarte, ponerte un curita y seguirle, y que de cada caída, que yo ya no lo veo como caída en realidad, yo ya para mí pienso hacia atrás, digo, todo fue un acierto.

El haber desertado de ahí no era una mala decisión, era una buena decisión que me acercó a lo que vivo ahorita. Entonces, pues es la  perseverancia, es la paciencia, ser soñador, pero tener esta parte realista. Haz cosas funcionales de buena calidad, busca una identidad, un ADN para tu marca.

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