Durante tres jornadas en la Ciudad de México, especialistas, autoridades, organizaciones y representantes de comunidades indígenas analizaron cómo llevar la acción climática del discurso a proyectos concretos, desde la movilidad urbana hasta la restauración de manglares y la conservación de la Amazonía.
La crisis climática no se resuelve desde un solo frente. Requiere transformar la manera en que se diseñan las ciudades, se producen y consumen los alimentos, se financian los proyectos ambientales y se protege a las comunidades que dependen directamente de los ecosistemas. Esa fue una de las ideas que atravesó México por el Clima 2026, encuentro que reunió del 6 al 9 de octubre a representantes del sector público, organismos internacionales, empresas, academia y organizaciones civiles en distintos espacios de la capital.
A lo largo de tres jornadas centrales, el programa puso sobre la mesa una pregunta que va más allá de los compromisos ambientales: ¿cómo convertir las ideas y el conocimiento científico en acciones que generen cambios medibles en los territorios?
La respuesta se construyó desde distintas perspectivas. Mientras las primeras conversaciones abordaron la relación entre naturaleza, desarrollo y justicia ambiental, las siguientes jornadas profundizaron en educación climática, movilidad sostenible, inversión para la conservación y el papel de los pueblos originarios en la defensa de sus territorios.
La naturaleza como punto de partida
La inauguración del encuentro tuvo lugar en Papalote Museo del Niño, con la participación de Erica Valencia, directora general de México por el Clima; Clara Brugada Molina, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, y Allegra Baiocchi, coordinadora residente de las Naciones Unidas en México.
Durante la apertura, Valencia planteó la necesidad de comprender los desafíos ambientales como problemas interconectados. La disponibilidad de agua, la salud de los bosques, la producción de alimentos y la resiliencia de las ciudades forman parte de un mismo sistema, por lo que las soluciones deben considerar sus vínculos y no abordarse de manera aislada.
“La naturaleza no es un tema más de nuestra agenda de desarrollo, es la infraestructura que hace posible nuestra economía y nuestra vida”, expresó.
Por su parte, Brugada destacó la dimensión social de la agenda ambiental y llamó a traducir los compromisos en decisiones que protejan a las generaciones futuras. “La justicia ambiental es también justicia intergeneracional”, señaló.
Ambas intervenciones apuntaron a un desafío central: incorporar la protección de los ecosistemas a las decisiones económicas, urbanas y sociales, en lugar de tratarla como una agenda independiente.
Educación climática y ciudades que respondan al futuro
La segunda jornada amplió la conversación hacia la vida cotidiana, con especial atención a la educación y la movilidad. En la Utopía Elena Poniatowska Amor, en Coyoacán, especialistas de instituciones públicas, universidades y organizaciones ambientales analizaron cómo acercar el conocimiento climático a la ciudadanía.
Uno de los obstáculos identificados fue la distancia entre el lenguaje técnico y las experiencias de las personas. Para impulsar una participación más amplia, los especialistas plantearon la necesidad de comunicar la crisis climática de manera accesible, vincularla con los problemas de cada comunidad y ofrecer herramientas para intervenir en las decisiones que afectan el entorno.
La educación, desde esta perspectiva, no consiste únicamente en transmitir información sobre el calentamiento global. También implica generar espacios de participación, promover el intercambio de conocimientos entre generaciones y facilitar que las personas comprendan qué pueden hacer desde sus comunidades.
La movilidad urbana fue otro de los ejes relevantes. En espacios vinculados con Foro Ruta México 2026, representantes de organizaciones especializadas y del sector transporte discutieron alternativas para avanzar hacia desplazamientos metropolitanos más eficientes y centrados en las personas.
El debate incluyó el potencial del transporte compartido, el transporte de personal y una mejor planeación urbana para responder a los retos de la movilidad. En paralelo, otros encuentros abordaron la resiliencia de las ciudades y los contaminantes climáticos de vida corta, cuya reducción puede contribuir tanto a mejorar la calidad del aire como a enfrentar distintos problemas ambientales.
El hilo conductor fue la necesidad de incorporar criterios climáticos a las decisiones sobre infraestructura, transporte y desarrollo urbano.
El dinero también define el alcance de las soluciones
Si la educación permite comprender los desafíos y la planeación ayuda a diseñar respuestas, el financiamiento determina en buena medida qué proyectos pueden llevarse a la práctica y mantenerse en el tiempo.
Este tema estuvo presente desde la primera jornada, con conversaciones sobre adaptación climática y gestión de riesgos empresariales, y cobró mayor relevancia durante NAT5 Live 2026, realizado los días 6 y 7 de octubre como parte del programa.
El encuentro propició espacios de vinculación entre empresas, inversionistas, gobiernos y desarrolladores de proyectos relacionados con la restauración y la biodiversidad. El objetivo fue acercar recursos y oportunidades de inversión a iniciativas capaces de generar beneficios ambientales y económicos.
En las discusiones sobre resiliencia empresarial, participantes de organizaciones como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, WRI México y representantes del sector financiero abordaron la importancia de identificar riesgos, trabajar con indicadores verificables y reconocer oportunidades de inversión en adaptación.
La conservación de los ecosistemas, sin embargo, plantea necesidades que van más allá de conseguir recursos para iniciar un proyecto. También exige financiamiento de largo plazo, mecanismos de seguimiento y condiciones que permitan a las comunidades mantener su trabajo en el territorio.
Esta discusión tuvo una expresión concreta en la tercera jornada, cuando especialistas analizaron las alternativas para ampliar la conservación y restauración de los manglares mexicanos. Durante la conversación, moderada por Ixchel López Olvera, directora del Programa de Océanos de WWF México, se abordó el trabajo del capítulo nacional de la Alianza Global por los Manglares, que reúne a más de 60 organizaciones.
De acuerdo con la información presentada durante el encuentro, más de cien personas participaron a lo largo de aproximadamente año y medio en la elaboración de una propuesta nacional a diez años para acelerar la conservación y restauración de estos ecosistemas.
Entre las posibilidades analizadas figuraron la participación empresarial, los seguros y el carbono azul, un concepto que se refiere al carbono capturado y almacenado por ecosistemas costeros como manglares, marismas y pastos marinos.
El reto es lograr que estos instrumentos se traduzcan en recursos accesibles para quienes realizan el trabajo de conservación, con resultados que puedan sostenerse y evaluarse a largo plazo.
Los pueblos originarios, protagonistas de la conversación ambiental
La jornada de cierre puso el acento en una dimensión que suele quedar relegada en las discusiones sobre tecnología e inversión: la relación entre territorio, cultura y memoria.
Uno de los momentos centrales fue el homenaje al pueblo kichwa de Sarayaku, en la Amazonía ecuatoriana, a través de una sesión dedicada a La canoa de la vida. En ella participó José María Gualinga, líder indígena y expresidente de la comunidad, cuya trayectoria está vinculada con la defensa territorial y la preservación de los conocimientos ancestrales.
La experiencia de Sarayaku permite comprender la conservación desde una perspectiva que rebasa la protección de especies o superficies forestales. Su propuesta Kawsak Sacha, conocida como Selva Viviente, parte de una cosmovisión en la que la selva constituye un sistema vivo de relaciones entre personas, animales, plantas, ríos y dimensiones espirituales.
Desde este enfoque, proteger el territorio significa también preservar la identidad colectiva, la autonomía de la comunidad y la transmisión de conocimientos entre generaciones.
La participación de Gualinga incorporó al encuentro una pregunta fundamental: cómo reconocer el papel de los pueblos originarios en la conservación de los ecosistemas y garantizar que sus voces tengan espacio en las decisiones que afectan sus territorios.
La programación también incluyó una conversación entre Su Majestad la Reina Diambi, del Congo, y JC Agid, centrada en los saberes ancestrales, las lenguas de la tierra y la custodia de los linajes tradicionales. El intercambio amplió la reflexión sobre la importancia de las culturas y los conocimientos comunitarios frente a los desafíos ambientales.
De la inclusión alimentaria a las industrias creativas
La agenda también mostró que la sostenibilidad puede relacionarse con ámbitos que, a primera vista, parecen alejados de la conservación.
Durante la primera jornada, Raquel Picornell Dillon, fundadora y directora de México Sin Alérgenos, habló sobre la necesidad de que la industria alimentaria responda a las necesidades de las personas con alergias, celiaquía y otras restricciones dietéticas. Su participación puso sobre la mesa la importancia del etiquetado claro, la capacitación y la educación para garantizar opciones adecuadas y una mayor inclusión en los espacios de convivencia.
En otro registro, la pasarela de moda sostenible K’áan · Guardián de los arrecifes incorporó a las industrias creativas a la conversación sobre la protección de la naturaleza. La iniciativa mostró cómo el diseño y la moda también pueden funcionar como plataformas para acercar los temas ambientales a nuevas audiencias.
Estos espacios ampliaron el alcance de la agenda al conectar la sostenibilidad con las decisiones de consumo, la producción y las experiencias cotidianas.
De los encuentros a los resultados
México por el Clima 2026 articuló su programa en torno a tres ejes: Despertar Planetario, Innovación Catalítica y Ecosistemas Resilientes. En conjunto, las conversaciones recorrieron desde la educación y la participación ciudadana hasta la inversión, la movilidad y la defensa de los territorios.
La diversidad de temas también dejó ver la complejidad de llevar la acción climática a la práctica. No basta con generar conciencia si no existen mecanismos de participación; tampoco es suficiente diseñar proyectos de restauración si carecen de financiamiento continuo o excluyen a las comunidades que conocen y habitan los ecosistemas.
El desafío posterior al encuentro será dar continuidad a las alianzas y convertir las propuestas en iniciativas con objetivos claros, recursos suficientes y resultados verificables.
Con la conclusión de su programa central el 9 de octubre, México por el Clima busca mantener abierto ese espacio de colaboración entre instituciones, empresas, organizaciones y ciudadanía. La próxima edición de su Semana de Acción por el Clima y la Naturaleza está en preparación y sus fechas se anunciarán posteriormente.
Más que una agenda limitada a especialistas, la conversación planteada durante estos días apunta a una transformación que involucra a ciudades, empresas, comunidades y hogares. La protección de la naturaleza, la justicia climática y el desarrollo sostenible dependen, en última instancia, de que los compromisos colectivos se traduzcan en decisiones concretas y sostenidas en el tiempo.




























































































































