Dieciséis años se dicen fácil, pero, en términos de hospitalidad de lujo, seguir manteniéndose vigente todo este tiempo reafirma que, desde un principio, un concepto bien diseñado y desarrollado ha permitido establecer una pauta para hacer las cosas bien.

Desde 2010, el Hotel Matilda entendió que el lujo en San Miguel de Allende no tenía que ver con el acento colonial impostado, sino con la osadía de llevar arte contemporáneo, diseño cuidado y una cocina de altura a solo unos pasos del centro histórico.

Contando con 32 habitaciones salpicadas de interiorismo impecable, una colección de arte muy bien curada que se recorre como en cualquier galería de prestigio, un spa que es refugio de bienestar y los restaurantes Moxi y Bovine al frente, su fórmula le ha valido todo: ser el número uno de México para Condé Nast Traveler, el número uno urbano para Travel + Leisure y, hoy, ostentar con orgullo su primera Llave Michelin.

Y, para conmemorar la ocasión de llegar a cumplir sus ‘sweet sixteen’, esta vez Matilda hizo lo contrario a quedarse en casa: asumió el espíritu de San Miguel y lo llevó hasta la Ciudad de México. El rooftop del exclusivo apart-hotel Campos Polanco fue sede de un festejo íntimo que reunió a amigos, aliados y cómplices de estos 16 años en una noche que resumió su manifiesto: EXPERIENCE, CONNECT, RELAX, BELONG and FEEL.

Desde luego, hubo un cóctel previo y, posteriormente, una cena de varios tiempos, estelarizada por el talento de grandes ligas del célebre chef Vicente Torres, al frente de la cocina de Moxi.
No podía ser menos que ofrecer un menú que fue un diálogo perfecto entre técnica y territorio: crema de lechuga con yema marinada y merengue de betabel; lenguado a la sartén con almejas y chícharo tierno; short rib con salsa de trufa y toffee de zanahoria; y, de postre, esa crema helada de limón con albahaca y granizado de limoncello que nos cautivó a los invitados.

Nada en Matilda es fortuito y sucede solo. El maridaje de altos vuelos de la velada contó la historia de sus alianzas con Casa Dragones, su cómplice desde el día uno, con esa misma obsesión por reinterpretar lo mexicano desde la excelencia, representada por sus tequilas Blanco y Joven. BLN Brands también roció las copas con Louis Roederer, un champagne de casa independiente donde el tiempo y el origen importan, como en este sorprendente hotel.

“Celebrar dieciséis años del Hotel Matilda es celebrar una historia que hemos construido junto con nuestros huéspedes, nuestro equipo y la comunidad de San Miguel. Desde el principio quisimos crear algo que fuera más allá de un hotel: un espacio donde el arte, la gastronomía, el diseño y la hospitalidad pudieran encontrarse”, comentó Bruce James, el director general y anfitrión, durante su discurso de bienvenida.

El toque final estuvo a cargo de Video Mapping Querétaro, con una intervención audiovisual que trajo las texturas, luces y sombras de San Miguel a Polanco. Una forma elegante de decir: ‘estamos aquí, pero pertenecemos allá’.
A dieciséis años de distancia, Matilda no es solo el clásico contemporáneo de San Miguel; es la prueba de que la hospitalidad mexicana, cuando es personal, curada y disruptiva, no necesita cumplir años: se reinventa.

Hay hoteles que solo se visitan. Y hay otros, como Matilda, que se viven.
Por Emilio Farfan







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