A quince años de su creación, LuxuryLab Global reunió en Ciudad de México a líderes de distintas industrias para analizar hacia dónde se dirige el lujo. La conclusión apunta a un consumidor menos interesado en acumular y más enfocado en vivir, sentirse bien, pertenecer y encontrar valor real en aquello que elige.
El lujo está cambiando de lugar. Ya no vive únicamente en los objetos, las marcas o la exclusividad de una compra; cada vez con mayor claridad se encuentra en el tiempo, las experiencias, el bienestar, la autenticidad y la posibilidad de establecer conexiones significativas.
Esa transformación fue uno de los grandes temas de la decimoquinta edición de LuxuryLab Global, celebrada el 7 y 8 de septiembre en Four Seasons Hotel Mexico City bajo el concepto Next-Gen: 15 Years of Shaping the Future of Luxury. Durante dos jornadas, representantes de industrias como hospitalidad, turismo, arquitectura, movilidad, belleza, tecnología, real estate, educación y consumo analizaron las fuerzas que están redefiniendo al sector.
Más que plantear una nueva definición del lujo, el encuentro dejó sobre la mesa una serie de cambios que ya están modificando las decisiones de los consumidores y las estrategias de las marcas.
Del objeto a la experiencia
Uno de los principales desplazamientos ocurre entre lo que se posee y lo que se vive. De acuerdo con datos presentados por Boston Consulting Group durante el encuentro, cerca del 62% del gasto global en lujo ya está relacionado con experiencias.
Viajes, gastronomía, wellness, arte y hospitalidad adquieren así un peso creciente frente a la compra tradicional de bienes. Pero no se trata simplemente de gastar más en experiencias, sino de diseñarlas de manera que tengan un significado personal.
Para las nuevas generaciones, un destino, una cena, un viaje o incluso un automóvil pueden convertirse en vehículos para construir recuerdos, identidad y pertenencia. El lujo deja de medirse exclusivamente por su precio o rareza y comienza a valorarse por aquello que provoca y permanece después de la experiencia.
Esta transformación también obliga a replantear la relación entre precio y valor. Cerca del 70% de los consumidores que cambian de marca señalan precisamente una falta de correspondencia entre lo que pagan y el valor que perciben.
El tiempo se convierte en riqueza
Si la experiencia gana terreno, el tiempo se convierte en uno de sus componentes más valiosos.
La conversación alrededor del bienestar y la longevidad mostró que el consumidor de alto nivel está reconsiderando qué significa realmente vivir bien. Dormir mejor, cuidar la alimentación, moverse, tener acceso a espacios de tranquilidad y formar parte de una comunidad empiezan a adquirir una importancia comparable —o incluso superior— a determinados símbolos tradicionales de estatus.
La longevidad, en este contexto, deja de ser exclusivamente una cuestión médica para convertirse en una aspiración de estilo de vida. La calidad del tiempo y la posibilidad de disponer de él aparecen como nuevas expresiones de riqueza.
También cambia la expectativa sobre los productos. El origen de los materiales, la trazabilidad, los procesos de fabricación, la durabilidad y la evidencia detrás de las promesas adquieren mayor relevancia en un consumidor que investiga antes de decidir.
La paradoja de la inteligencia artificial
La inteligencia artificial ocupó un lugar central en las conversaciones, aunque una de las conclusiones más interesantes fue precisamente la necesidad de mirar más allá de la tecnología.
A medida que la IA facilita la creación de imágenes, contenidos y soluciones en prácticamente cualquier industria, aquello que antes requería grandes cantidades de tiempo y recursos comienza a convertirse en un proceso más accesible.
El verdadero diferencial, por tanto, puede trasladarse hacia las ideas, la creatividad, la distribución y la capacidad de construir comunidades.
La tecnología también promete una relación más personalizada con el consumidor: recomendaciones capaces de anticipar necesidades, experiencias phygital y sistemas que reduzcan las fricciones en procesos como la compra o la reserva de servicios.
Pero en sectores donde la emoción y la confianza son determinantes, la tecnología tiene un límite evidente. La empatía, la intuición, la sensibilidad cultural y la capacidad de hacer sentir especial a una persona continúan siendo profundamente humanas.
En hospitalidad, por ejemplo, la personalización ya no significa solamente conocer las preferencias de un huésped, sino comprender cómo quiere ser tratado. En movilidad, la innovación comienza a valorarse menos por la cantidad de pantallas incorporadas a un automóvil y más por su capacidad para devolver tiempo, comodidad y libertad.
Autenticidad frente a la estandarización
Otro de los grandes temas que atravesó la edición fue el regreso de la identidad.
En arquitectura, gastronomía, turismo y diseño, lo local se convierte en un activo cada vez más relevante. Materiales, técnicas artesanales, ingredientes, tradiciones y relatos propios de cada territorio pueden ofrecer aquello que una experiencia estandarizada difícilmente consigue: una sensación de pertenencia.
El caso de Malta fue presentado como ejemplo de cómo un destino puede crecer internacionalmente sin renunciar a su identidad. La gastronomía, el patrimonio y la concentración geográfica de experiencias forman parte de una estrategia que busca transformar al visitante en participante de una cultura, más que en un simple turista.
Una lógica similar apareció en la conversación sobre San Miguel de Allende, donde la evolución de la oferta turística ha ampliado las posibilidades alrededor de la cultura, la gastronomía, el romance, la aventura y el enoturismo.
La identidad, en ambos casos, deja de ser un elemento decorativo para convertirse en parte esencial del valor de un destino.
Del consumidor a la comunidad
También está cambiando la manera de medir el éxito.
En lugar de concentrarse exclusivamente en la conversión, las marcas necesitan construir relaciones. Las nuevas generaciones investigan, comparan, comparten y validan sus decisiones dentro de comunidades, por lo que la confianza y la recomendación pueden resultar tan importantes como la transacción.
La pertenencia aparece entonces como uno de los nuevos códigos del lujo.
Un destino no solamente debe ser visitado; puede convertirse en un lugar al que se quiere regresar y con el que se desarrolla un vínculo. Una marca no solamente debe vender; debe generar identificación. Una experiencia no solamente debe impresionar; debe permanecer en la memoria.
Del bienestar individual al impacto colectivo
La evolución del lujo también incorpora una pregunta sobre su impacto.
Durante LuxuryLab Global, la conversación sobre sostenibilidad planteó la necesidad de avanzar hacia modelos regenerativos capaces de producir beneficios ambientales, sociales y económicos medibles.
El apoyo a Saving Our Sharks Foundation llevó esta discusión al terreno de la conservación marina y las comunidades que dependen de estos ecosistemas. La idea es particularmente relevante para una industria que históricamente ha estado asociada con el consumo: el lujo puede utilizar su capacidad económica, creativa y de comunicación para contribuir a la preservación de aquello que hace posibles muchas de sus experiencias.
El cambio consiste en pasar de reducir el impacto negativo a generar uno positivo.
Una industria que crecerá, pero será más exigente
Las perspectivas económicas presentadas por Boston Consulting Group apuntan a un crecimiento anual de entre 4% y 5% para el mercado global del lujo, un ritmo superior al crecimiento esperado de la economía mundial.
Pero crecer no significa que el consumidor vaya a comprar indiscriminadamente. La nueva etapa estará marcada por una mayor selectividad y por la exigencia de demostrar por qué una experiencia, producto o servicio merece su precio.
Eso coloca nuevamente conceptos tradicionales del lujo —calidad, savoir-faire, artesanía, durabilidad y excelencia— en el centro de la conversación, aunque bajo una lógica distinta. Ya no basta con comunicar exclusividad: hay que demostrarla a través de aquello que el consumidor experimenta.
Quince años después, una nueva pregunta
Los reconocimientos entregados durante esta edición —a VisitMalta, San Miguel de Allende y el arquitecto Mauricio Rocha— reflejaron precisamente esa amplitud de la conversación: destinos, arquitectura, cultura, identidad y legado forman parte de una misma discusión sobre qué significa crear valor en el largo plazo.
A quince años de su primera edición, LuxuryLab Global parece encontrarse ante una pregunta distinta a la que planteaba en sus inicios. No se trata solamente de anticipar cuál será el próximo gran producto o tendencia del mercado, sino de entender qué conservará su valor cuando la tecnología haga cada vez más accesible aquello que hoy consideramos exclusivo.
La respuesta que dejó esta edición apunta hacia una idea sencilla, pero cada vez más poderosa: el lujo del futuro tendrá menos que ver con tener más y más con vivir mejor.
Tiempo, bienestar, acceso, identidad, creatividad, pertenencia y propósito aparecen así como algunos de los nuevos códigos de una industria que seguirá evolucionando, pero que enfrenta un reto esencial: incorporar la tecnología y la innovación sin perder aquello que, paradójicamente, podría convertirse en su mayor diferenciador —la capacidad de generar emociones, vínculos y experiencias que no pueden replicarse de manera automática.




















































































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