Texto de Betsabée Romero

Desde hace años uno de mis restaurantes favoritos es Punta Arena y me gusta tanto el de Palma como el de Avenida de la Paz y, últimamente el de Plaza Oasis que a pesar de estar en un centro comercial, tiene un balcón que cuando no hace demasiado frío, es muy agradable.

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Sin embargo, hoy quiero hablar del Punta Arena del ‘Hotel Downtown’, situado en un edificio histórico maravilloso.

En el siglo XVII, el ahora número 30 de la calle Isabel la Católica fue el Palacio de los Condes de Miravalle, un antiguo palacio barroco que perteneció al canciller mayor del Tribunal de la Santa Cruzada del Reino de la Nueva España, a quien se le otorgó el título de Conde de Miravalle.

Durante los años de la Independencia de México éste la abandonó y fue adquirida por Ángel Calderón de la Barca, primer embajador español en nuestro país. Albergó también el Hotel Bazar, considerado uno de los más importantes y cosmopolitas de la Ciudad de México en la época post independentista, y así lo hizo durante 80 años.

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En 1930 la propiedad fue adquirida por Francisco Sergio Iturbe, quien transformó totalmente el palacio y lo llamó Edificio Jardín. Era un gran amante del arte y mecenas de varios pintores y escultores de la época y fue así como conoció a Manuel Rodríguez Lozano, a quien le encargó el muro del descanso de las escaleras “Holocausto”, que fue pintado muy oportunamente en 1944. A partir de ese momento también funcionó como galería de arte.

Actualmente, está ocupado por el Hotel Habita Downtown que cuenta con varios sitios para comer, en la planta baja está el Azul Downtown y el Punta Arena en los dos patios del Edificio.

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En el Patio de los Naranjos, que es uno de los más atractivos de la ciudad, se adecuó el restaurante Azul Histórico, mientras que en el Patio Lateral El Punta Arena, que tenía una tarea más difícil por no ser el patio de la entrada, parece no haber logrado el mejor resultado en cuanto al diseño o intervención que requería el contexto histórico y arquitectónico.

A pesar de tener como atractivo peculiar el muro ajardinado, con una bicicleta en pie desafiando la gravedad, es un sitio que presenta una entrada como de tienda o panadería poco clara en su vocación, después hay una sala comedor con un carácter muy europeo, con un piano y un gran espejo tipo bistrot francés.

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La luz es muy intensa o más bien plana y poco controlada en todas sus áreas, tanto en los espacios cerrados como en los abiertos.

Es una pena que teniendo como escenario uno de los patios más bonitos del Centro Histórico, alejado del tráfico y cobijado en un edificio antiguo, que en ese rumbo representa un oasis, no logra ser tan popular como el Azul que es su vecino.

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El menú es como el de los demás Punta Arena, la atención es buena, sin embargo por la poca demanda, me ha tocado la mala suerte que varias veces no han tenido disponibles salmón o atún, que son base de muchos de sus platillos estrella, la ventaja es que siempre hay lugar, hasta en fechas y horas en las que es imposible entrar al Azul o al Cardenal.

 

 

El problema en mi opinión, es que es muy notorio que el Azul está lleno todo el día y hay que reservar con anticipación para entrar, siendo así que los encargados de recibir a los comensales son cada vez más desatentos y poco flexibles. Si no se hizo reservación con mucho tiempo de anticipación, las mesas que ofrecen a pesar de haber algunas vacías, son las del borde, junto al baño y la cocina o al lado de un árbol que casi está encima de una mesa.

 

 

Sin embargo, la demanda es enorme y por lo tanto no parecen querer cambiar su comportamiento.

Debo reconocer que en Azul es muy linda la presentación del mezcal y el guacamole con chapulines, y el toque mexicano de recibir a uno con alguien echando tortillas en el comal, es no sólo agradable, sino cálido.

Por el contrario, en la recepción de Punta Arena son muy amables, pero uno se asoma y lo primero que ve es un espacio sin gente, pues aunque haya comensales al fondo el patio luce desolado. Nadie quiere quedarse en las dos primeras salas del restaurante, lo que me parece no sólo un desperdicio, sino un despropósito, ya que un ambiente frío y vacío nunca es atractivo para entrar y menos teniendo la comparación enfrente, con un hermoso patio de naranjos a la luz de candiles con veladoras que se prenden diariamente y cuelgan de los árboles.

 

 

La comida de Punta Arena no es el problema, incluso en las últimas visitas a ambos, considero que el menú de Punta Arena es muchos mejor y más accesible a cualquier paladar. Punta Arena se ha distinguido siempre por la frescura de sus productos y cuenta con remarcables platillos no sólo de mariscos que es su fuerte, sino de otros ingredientes como verduras, dentro de los cuales destacan las alcachofas asadas con parmesano o el risotto con aroma de trufa blanca.

Partiendo de que soy fan del restaurante y cuento con su recetario, que uso frecuentemente, hablo desde lo que veo, desde mi ejercicio como artista visual y creo desde ahí, que en el caso de la sucursal de Downtown, hay un desaprovechamiento del patio como un espacio-oasis en el centro de la ciudad, ya que además se encuentra en Isabel la Católica al lado de la calle más transitada del país o posiblemente de América Latina que es Madero. El salir de ese mar de gente y llegar al Palacio de Miravalle es un remanso, por lo que comer en uno de sus patios tendría que ser una gran experiencia, el problema es que a pesar de estar en un edificio histórico increíble y con un público cautivo directo, parece no tener la respuesta que merece su gastronomía.

Creo que:

– La luz no está controlada, normalmente debería ser más íntima y acogedora,

– El tono de bistrot de las dos primeras salas, está fuera de contexto o casi no se      vincula ni con la historia del lugar ni con su arquitectura,

– El patio es un espacio muy alto y abierto sin elementos cercanos a las mesas, nada nos brinda una experiencia que nos abrace y nos haga sentir acogidos por el lugar,

  • Las mesas y el modo en que se presentan generan una sensación de estar en un lugar impersonal, más vacío de lo que en realidad está; más frío de lo que es y sobre todo, menos acogedor de lo que tendría que ser un sitio con tantos antecedentes culturales del Centro Histórico de la Ciudad de México.

A pesar de lo agradable de estar en un patio abierto, el techo está tan alto que cuando lo cierran, no es muy notorio, por lo tanto, creo que sería conveniente que se cerrara y así se controlara más la temperatura, el color y la luz del lugar.

El techo también podría ser verde, con enredaderas y flores, incluso con elementos colgantes para controlar la iluminación de cada mesa con candiles que posiblemente contrasten con el ambiente ajardinado.

Podrían haber elementos de color y calor logrados mediante diferentes textiles, cojines y flores que maticen y consigan un ambiente, que actualmente con muros grises, pasto verde, mesas sin manteles, ni individuales, resulta muy frío sin necesidad.