No es casualidad. La casa tequilera que fundó Bertha González Nieves, la primera Maestra Tequilera, junto con Bob Pittman, nació exactamente donde surgió la Independencia: en la calle Recreo número 16, en una propiedad de 1671 que fue caballeriza de los Dragones de San Miguel de Allende, el regimiento de élite de Ignacio Allende y Juan Aldama. De ahí el nombre, la insignia azul y el 16 que aparece en cada una de las botellas que contienen su fino destilado de agave azul. Entonces, el 16 no es un número: es su raíz.
Y esto se entiende mejor cuando entras a la sede, conocida como La Casa Dragones. No es museo ni monumento congelado; es un refugio íntimo donde el pasado virreinal convive con el México actual más sofisticado.
En el marco de las Fiestas Patrias de este 2026, Bertha y su equipo cercano recordaron ese sentimiento de identidad ofreciendo una cena especial en dicho recinto que, si bien es un ícono que forma parte de la historia del nacimiento de nuestra nación, también es hoy escenario de diversos momentos importantes y relevantes en el ámbito que vincula la destilación premium con la gastronomía de alto nivel.
Protagonista de la escena gastronómica fue, en esta ocasión, el chef invitado Omar Henríquez, del vecino restaurante Hortus, un establecimiento de cercana filiación con Bertha, la anfitriona, por su amistad con los propietarios, Sandra Vázquez y Alberto Laposse. Y, desde luego, los tequilas ultrapremium de la casa.
El menú de cinco tiempos, muy mexicano y diseñado para la ocasión, incluyó un plato de botanas con elotito asado, mayonesa de habanero, queso cotija y cilantro; chicharrón de arroz, aguacate y tomate cherry; y bocol de queso Ocosingo y cremoso de cabra, todo maridado con tequila blanco de la casa. Les siguieron, como primer tiempo, un tamal de flor de calabaza con quesillo y salsa roja tatemada y, luego, el tradicional chile en nogada, ambos maridados con tequila joven.
Finalmente, se podía elegir entre un rib eye con mole negro, rábanos y zanahorias rostizadas, o un pollito de leche con mole negro y arroz verde, acompañados por un añejo Barrel Blend. De postre se sirvió el flan de vainilla de Papantla, armonizado con el reposado Mizunara.
Una vez concluida la cena, Bertha González invitó a recorrer las instalaciones restauradas por Will Meyer, en conjunto con el sanmiguelense Marco Valle. Otras figuras que contribuyeron a rescatar la grandeza de la propiedad fueron Gloria Cortina, quien transformó las antiguas caballerizas en The Obsidian Bar. En los interiores, Ana Elena Mallet y Raúl Cabra curaron un homenaje al “Mid Century en El Bajío”, con muebles de Héctor Esrawe, tapices de Caralarga, lámparas de fibra cruda de Ángela Damman, hojas de agave recicladas de Trine Ellitsgaard y henequén de Fernando Laposse.
“Queremos que nuestra casa sea reconocida por estar profundamente inspirada en ese espíritu rebelde. Como productores independientes, nuestra misión es empujar los límites de lo establecido y llevar la conversación del tequila hacia el futuro”, nos comenta Bertha.
Como epílogo, anfitriones e invitados se dirigieron a Hortus, ubicado a un lado de la famosa parroquia de estilo neogótico de San Miguel de Allende, para continuar con la celebración del tradicional “grito”.
Esta casa tequilera no solo produce un destilado de calidad excepcional en lotes pequeños, sino que logró lo que pocos: convertir la historia, el diseño mexicano y la maestría artesanal en una experiencia contemporánea.
Cuando suenan las campanas el 16 de septiembre, todos voltean a San Miguel. Pero en Recreo 16, el 16 late todo el año.
Por Emilio Farfan



















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