Con gran tristeza se anuncia el fallecimiento del artista Carlito Carvalhosa (1961-2021), quien deja tras de sí una obra inmensa y significativa. El artista nació en 1961, en São Paulo.

A principios de la década de los 80 asumió, junto a sus compañeros del Grupo Casa 7, la gran tarea de abrazar otra renovación de la pintura como género.

A esta generación le correspondía reinventar la posibilidad del arte tras el sublime agotamiento que emprendió la generación anterior. Él atribuyó una elocuencia profunda a la materialidad del soporte, pero también trascendió en abordar temas más amplios, como las transformaciones del espacio y el tiempo.

El trabajo de Carlito involucró pintura, escultura, instalación y performance. En su práctica, encontramos tensiones entre forma y materia, explicitadas en diálogos entre lo visible, lo sutil, lo táctil.

En la década de los noventa se dedicó a la producción de esculturas de apariencia orgánica y maleable, utilizando diferentes materiales, como sus ceras perdidas.

Su práctica se expandió en la década del 2000, ocupando espacio con instalaciones que dialogan profundamente con la arquitectura, el paisaje y la historia de cada lugar.

El sonido también fue un elemento central en sus investigaciones, en colaboraciones con músicos como Philip Glass y Arto Lindsay, o en performances como rio (2014) en las que Carlito creaba una cacofonía a partir del texto My sweet river, de Lygia Clark.

“Su trabajo nos dice que supo encarnar el gran legado de la modernidad en Río, el de Oiticica, Clark, Pape y Pedrosa, adelantándolo al siglo XXI.

En su obra, el misterio de la afectividad de las formas adquiere una dimensión monumental, un territorio inédito, un campo expandido inagotable.

En otras palabras, le correspondía – y esta es una de las claves de su legado – crear un encuentro entre la lección del no arte y la vida infinita del arte, para reabrirlo ”- en el palabras de Luis Pérez Oramas.

Pudimos presenciar la fuerza su poder creativo en exposiciones icónicas como ‘La suma de los días’, en el MoMA de Nueva York (2011) y en la Pinacoteca del Estado de São Paulo (2010); Sala de espera, en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de São Paulo (2013) y ya era así cuando llegué al Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (2006).

El arte brasileño ha perdido una figura fundamental del período entre siglos, pero el mundo gana un legado artístico inconmensurable que es nuestra responsabilidad mantener vivo, seguir interpretando y colocar en el nivel internacional que se merece.

“Carlito no solo era un artista extraordinario, sino también una persona extraordinaria. Iniciamos nuestra relación a través de su trabajo, siempre inquieto, experimental y enigmático. Rápidamente nos hicimos amigos y yo me hice amigo de Mari, su encantadora esposa y sus adorables hijas.

Al mismo tiempo, descubrí lo mucho que lo querían sus compañeros que, como yo, amaban su manera dulce y generosa. Carlito, decían en broma, trataba a todos con la elegancia de un alto funcionario del cuerpo diplomático. En cuanto a mí, pensé que era un príncipe.

En días tan tristes, en su partida, lo extrañaremos muchísimo. Pero su obra permanecerá, resistirá el paso del tiempo, y con ella la luz de Carlito y su amplia y hermosa sonrisa, su mirada cariñosa, sus palabras tranquilas y amorosas. ”- Nara Roesler.