Texto por: Claudia Alejandra Vázquez Cuautli

La humanidad inició un progreso exponencial como civilización a partir del desarrollo de la agricultura, mostrando que ésta es un pilar para el desarrollo humano. En la  antigüedad, una gran cantidad de personas era responsable de cultivar sus propios alimentos; incluso, hasta la primera mitad del siglo XX la mayoría de las personas dependía de pequeños productores dentro de sus comunidades o, de ellos
mismos para obtener los productos agrícolas.

A partir de la Revolución Verde, ocurrida entre 1960 y 1980, comenzó a implementarse una mayor capacidad de producción agrícola en el mundo, lo cual hizo que las personas empezaran a depender de los grandes sistemas de producción y no de los servicios locales o de su propio trabajo.

La Revolución Verde propició que aproximadamente 80% de la población mundial consuma lo que produce el porcentaje restante, además de generar un esquema de dependencia ante los sistemas agrícolas que imponen las grandes corporaciones.

En México, la producción de trigo pasó de 750 kilos por hectárea en 1950, a 3,200 quilos en la misma superficie durante 1970 . Con la libertad de regular la cantidad de productos en el mercado, las corporaciones determinan el precio de los productos que consume la mayoría de los mexicanos.

Por otro lado, los químicos y fertilizantes que se usan para mejorar la eficiencia de la producción agrícola pueden resultar dañinos para los consumidores, al igual que el agua utilizada en los sistemas de riego. Por lo tanto, adquirir productos únicamente de grandes productores y distribuidores deja a los consumidores en una situación de vulnerabilidad ante el probable empleo de sustancias tóxicas, además de la volatilidad
de los precios y la posible sobreexplotación de trabajadores del campo.

Si la dependencia de terceros para proveer los productos agrícolas que demanda la sociedad se analiza desde el marco de la pandemia de COVID-19, se puede concluir que los mexicanos estamos expuestos a una posible escasez de productos, debido a los estragos causados por la contingencia, situación que puede conducir a la imposición de precios elevados debido a los esquemas de oferta y demanda. Todo esto
representaría gastos significativos en la economía familiar de los núcleos sociales más
vulnerables.

Con la finalidad de evitar la dependencia absoluta ante los sistemas agrícolas impuestos y poder buscar cierta soberanía alimentaria, existe la alternativa de los huertos urbanos, pequeños espacios de tierra que pueden existir dentro o fuera de las casas, con el fin de sembrar hortalizas, plantas de olor y legumbres, entre otras opciones.

Mediante la creación de los huertos urbanos y utilizando un proceso de
siembra escalonada (cada cierto periodo se siembra, para que cuando una planta haya terminado su vida útil, otra la comience), se puede garantizar que un mayor número de personas tenga acceso a alimentos durante todo el año, considerando, por supuesto, la temporada de siembra y cosecha de cada planta.

Al minimizar la dependencia ante los sistemas hegemónicos, se desarrolla un mayor grado de soberanía alimentaria, evitando el consumo de productos costosos y probablemente nocivos para la salud. Asimismo, los huertos urbanos atienden al segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible: ‘Para el 2030, poner fin al hambre y asegurar el acceso de todas las personas, en particular la gente de escasos recursos y en situaciones vulnerables, incluidos los lactantes, a una alimentación sana, nutritiva y suficiente
durante todo el año’.

Más allá de proveer alimentos y soberanía alimentaria, los huertos urbanos tienen un valor agregado, pues fomentan la cohesión familiar o comunitaria al ser espacios de convivencia en los que todos pueden aprender sobre el cuidado de las plantas y ejercer la sostenibilidad mientras se crean vínculos duraderos.

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The Next Day Global, la exposición de sustentabilidad más importante del mundo; La
cual se llevará a cabo en septiembre de 2021, en el Centro Cultural Universitario, Zapopan, Jalisco.


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