Texto de Emilio Farfan

Hablar de Ryoshi podría ser infinito en elogios y reconocimientos a la calidad de los productos que maneja, sobre las técnicas empleadas, el conocimiento del gusto del comensal y desde luego, un elemento importante sin el cual la experiencia no puede completarse, el servicio óptimo en su máxima expresión.

Más allá de lo que les pueda comentar en mi opinión muy personal, vivir la experiencia es lo que más cuenta.

Solamente haciéndolo, el lector o el comensal puede valorar lo que representa el auténtico concepto hangout fine-dining que ofrece su original propuesta integral de bar o restaurante, mejor conocida en el país del sol naciente como Izakaya, ya bastante popular en diversas capitales del mundo cosmopolita.

Calidad Premium en alimentos, ante todo; espacios confortables, iluminación inspiradora y una atmósfera que va de lo más moderno al vintage con elementos y detalles reciben a uno para hacer la estancia inolvidable tanto en la barra como en su animada terraza.

Ubicado en pleno corazón de Polanco sobre la avenida más emblemática del rumbo, este nuevo hotspot del que todo mundo está hablando en la ciudad, se coloca como uno de los mejores exponentes que mezclan a perfección platillos de la gastronomía japonesa, asiática e internacional.

La mixología merece capítulo aparte por la cantidad de creaciones de autor que se suman a la más amplia variedad de sake, las cervezas y los whiskies nipones, así como destilados de todo tipo y orígenes.

El despertar de los sentidos ante un buen trago de entrada para acompañar el inicio de toda una experiencia culinaria al frente de la enorme barra de sushi y robata se hace inminente, ante la llegada de unos elotes baby con togarashi, las  gyozas selladas y la tostada de kampachi con foie, por ejemplo. Desde luego, es el mejor lugar si quieres platicar y compartir impresiones sobre cada delicia a la mano preparada con talento y precisión.

A mí me parecen imperdibles los rollitos de wagyu con trufa y el plato estrella del lugar un udon con crema de hongos, wagyu y trufa, que me cautivaron.

A sugerencia del chef también probamos el sashimi trufado, y el temaki de spicy tuna. Lo mejor de todo fue el desfile de nigiris y robatas que me fueron llegando de manos del experto chef, que a pesar de no tratarse de un omakase clásico en barra, si me complació hasta decir ¡suficiente!

Halagaron mi paladar especialmente el nigiri de huevo de codorniz con nikiri, trufa negra y sal de grano; el akami con foie gras; el ikura; toro con limón caviar y el chutoro con caviar.

Y los postres, ni se diga, dignos de pecar por gula, entre los que no sabe uno a cuál irle, si al pay de macadamia, la rainbow cake o el de tres leches con chocolate todo un festín culposo. 

La terraza es el área más animada y con excelente ambiente que se torna festivo las más de las veces, donde el ambiente se prende por cuenta del DJ de la casa.